Adolescencia y
psicoterapia de grupo
http://www.groupworks.info/adolescencia.htm
Preámbulo
Cuando decidí por
primera vez escribir un artículo sobre el tema de trabajo grupal con
adolescentes, estaba motivado, primeramente, por el deseo de desarrollar una
base teórica y concomitantemente práctica para mi trabajo como profesor en el
servicio Southwark Intermediate Treatement (IT), y también para dar algo de
devolución al tiempo extra que había concedido durante dos años los miércoles
por la tarde, a fin de que pudiera ser supervisado por Barts, y en segundo
lugar, por el deseo de explorar de que manera los métodos y principios
analíticos pueden aplicarse a esta área de trabajo. Ahora creo que lo que
buscaba era un puente que uniese la brecha entre mis experiencias como profesor
y como entrenador de grupo analítico, lo cual sentía, a veces, como si fueran
polos separados. El área especializada de profesor dentro de la cual trabajaba
se situaba de una manera un tanto incómoda entre el Education Department’s
Pupil Support y el Social Services’ Childcare Provision, y en ella no había
tradición de pensamiento analítico y psicodinámico, y esto era particularmente
precario en el área de teoría y práctica de trabajo grupal. Sin embargo, estas
motivaciones originales para escribir este artículo, ahora me resultan un tanto
floridas y grandilocuentes. Así que, desde el espíritu de cumplimiento, tocando
de pies en el suelo y siendo menos duro conmigo mismo, mi objetivo aquí es
escribir un artículo teórico que explore un poco más allá dentro del territorio
de la psicoterapia de grupo con adolescentes, focalizando en algunas de las
áreas clave de debate, teóricas y prácticas, las cuales aparecieron durante el
tiempo que trabajé con adolescentes.
Introducción
Hay pequeñas objeciones en cuanto a que la
psicoterapia de grupo sea considerada por muchos clínicos como un tratamiento a
escoger para adolescentes.
(Cramer Azima, ch. I, Adolescent Group Psychoterapy)
Mi intención aquí es
observar los enfoques grupales en el tratamiento de adolescentes en crisis.
Muchos autores se refieren a la adolescencia en sí misma, como a un tiempo de
crisis en el proceso normal de individuación, y mi punto de partida aquí será
ver la naturaleza de esta crisis como el desarrollo de una etapa conectada con
la realización de tareas específicas. Quiero entonces observar las posibles
ventajas del enfoque grupal en el tratamiento de adolescentes, haciendo así mismo
un intento de establecer el porqué puede ser considerado un “tratamiento a
escoger”. Mi próximo paso quiero que sea esbozar claramente un diagrama del
campo de enfoque de la psicoterapia de grupo, trabajando, en particular, con
trastornos o con adolescentes delincuentes, perfilando los posibles medios de
conceptualización de la línea de enfoques terapéuticos en el trabajo grupal con
adolescentes. Quiero entonces dilucidar las claves, que para mi son comunes,
concernientes al trabajo grupal con la población de esta edad, a saber:
problemas respecto a los límites tal como resumió Harold Behr; fuentes de
dificultades sociales, intelectuales y emocionales para el terapeuta, como
conceptualizó Terry Bruce; y finalmente quiero perfilar brevemente alguno de
los riesgos inherentes al rol de conductor de un grupo de adolescentes.
Adolescencia
Ellos decían que él
estaba yendo hacia atrás, verdaderamente, lo hacía, porque intentaba realizar
un gran salto.
Nietzsche – Tomado de
Peter Blos, En la Adolescencia, p92
La adolescencia es un
período de cambios dramáticos y revolucionarios. En las culturas occidentales
es también un tiempo de vida, también demasiado ultrajado, planteado como la
mayor amenaza al orden establecido de las cosas, o celebrado y romantizado al máximo,
en particular dentro de la esfera de la cultura popular, por sus energías
creativas y desafiantes. Así, a primer golpe de vista, la adolescencia puede
entenderse como el principio del fin de la infancia, y como tal, es por ello un
tiempo de duelo por la pérdida de la relativa dependencia y seguridad de la
infancia, caracterizado por intentos de recobrar lo que se ha perdido. El final
de ello puede verse el principio de la edad adulta, el tiempo en el que el
individuo, literal o metafóricamente, deja su hogar y se separa de su familia
original, dentro de un estado de relativa independencia. Por todo ello, es un
tiempo lleno de anticipaciones y presagios en el rostro de la libertad y la
separación, caracterizado en lo más extremo por manifestaciones prematuras de
independencia, autodestructividad y de
intentos violentos de preservar el relativo estado de independencia. Peter
Blos, un psicoanalista, describe la adolescencia como:
El estadio terminal
del principio de la fase de desarrollo psicosexual, la fase genital, en el cual
es interrumpido el estado de latencia.
Prosigue, además,
proporcionando una definición:
La adolescencia puede
considerarse como la suma total de los intentos de adaptación al estado de
pubertad, en un nuevo mundo interno y externo –endógeno y exógeno- condiciones
con las cuales ha de confrontarse el individuo.
Esto puede llamarse
como una segunda edición de la infancia, en la que de un modo parecido a la
infancia “un poder propio relativamente fuerte confrontado a un ego relativamente
débil”. Los recursos del adolescente ante los medios y defensas de la infancia
y del antiguo niño, rivalizan con el factor biológico de la pubertad, un
período de rápida maduración física sexual durante la cual el cuerpo cambia de forma, ganando efectivamente nuevas partes, y
empezando a comportarse de nuevas y extrañas maneras, excitantes y
perturbadoras. El relativo estado de equilibrio físico establecido durante el
período de latencia es sacudido inesperadamente y lanzado dentro de un relativo
estado de crisis ante el asalto de la pubertad. Erikson se había interesado en
no ver la adolescencia como una aflicción, sino como una “crisis normal”, por
ejemplo, una fase normal de incremento de los conflictos caracterizada por una
aparente fluctuación en la fuerza del ego y también así mismo por un alto
potencial de desarrollo... También hacía hincapié en la contribución de esta
crisis en el proceso de formación del carácter, en determinar el mí y no-mí de
la individuación. El trabajo de desarrollo mental de adquirir un ego más o
menos íntegro y una identidad separada de los propios padres, siendo capaz de
sobrevivir lejos de la familia, se realiza a través de la frontera entre el mí
y el no-mí, un espacio donde gustos, preferencias, deseos, intereses, impulsos,
anhelos, leyes, normas, realidad, etc., son constantemente probados,
experimentados, rechazados y aceptados. La tarea de separación puede ocasionar
un total y a menudo violento rechazo hacia los propios padres, y alguna
manifestación social de autoridad parental, mano a mano con un viraje hacia los
compañeros; “juventud” o “cultura de colegas” son expresiones idiomáticas de
las necesidades de la adolescencia. El adolescente se ve forzado, así como a
dejar claro, a hacer elecciones por sí mismo y a auto-realizar el camino de su
vida. Todos estos esfuerzos de la adolescencia son intentos de transformar una
situación biológica dentro de una experiencia psicosocial y, como Erikson
sugiere, los sistemas sociales ofrecen tiempo y espacio, “moratoria psicosocial
institucionalizada”, durante y dentro de la cual pueda aparecer una
conciencia de “identidad interior”. El
adolescente necesita de este tiempo y de este espacio para realizar el
desarrollo mental de sus objetivos sociales y psicológicos. Sin embargo, dentro
de un creciente mundo complejo y secular, donde hay poca concordancia, y se
hacen menos ritos de pasaje, con respecto al final o principio de la infancia y
la edad adulta, el adolescente es forzado a volverse dentro de sí mismo y hacia
sus compañeros para encontrar soluciones y respuestas a preguntas como, “¿Quién
soy yo?”.
¿Qué tratamiento
escoger?
Probablemente no hay
ningún momento en el desarrollo humano en el que la utilización de los grupos
sea tan poderosa como en la adolescencia.
J. Scott Rutan. Foreword to Adolescent Group Psychotherapy, Edited by
Azima and Richmond.
Mucha de la
literatura sobre la adolescencia que he examinado en este artículo forma un
consenso aparente en cuanto a que la psicoterapia de grupo, más bien que la
individual, es preferida y apropiada para el tratamiento de los trastornos de
la adolescencia. Este consenso entra dramáticamente en conflicto con la
aflicción y la humillación que he sentido y experimentado frecuentemente como
adulto que trabaja en un grupo de adolescentes. Por consiguiente no es
sorprendente que, de un modo íntegro, que sea la forma de psicoterapia eludida
por muchos psicoterapeutas. Testimonio de ello es la exigüidad de los cursos de
formación en esta área, lo cual en un
sentido refleja y colude con el hecho de que los adolescentes luchen por
conseguir algo a través de su frecuentemente raro y destructivo comportamiento.
Dadas las extremas dificultades del trabajo con grupos, (a las cuales quiero
volver más tarde) entonces, ¿Porqué grupos?.
Freud observó en
“Psicología grupal y Análisis del ego” (1921) que el grupo precede al
individuo, tanto históricamente como en el desarrollo del niño. El individuo
emerge del grupo, del cual está inicialmente indiferenciado, con una identidad
separada. La función del grupo es proveer de un medio para el desarrollo de la
individualidad. Aquí puede surgir una paradoja, es decir, que nuestra
individualidad es una función de nuestra cualidad como miembros del grupo. Esto
tiene relación con el punto de vista ‘foulkesian’, acerca de que el hombre es
esencialmente social y que el grupo es la unidad psicológica básica. El
individuo es sólo un punto nodal en el grupo cuyos fenómenos intrapsíquicos
pueden solo comprenderse interpsíquicamente, en el contexto dentro del cual
tienen lugar. De este modo, la búsqueda de identidad del adolescente, como
fenómeno social que ocurre en grupos, se analiza mejor en el contexto de
grupos, y se fomenta mejor el progreso, a pesar de que vacilemos, a través del
tratamiento en grupos.
El adolescente, en el
alejamiento con respecto a los padres a través de la defensa, por contra, de su
confusión de identidad, se vuelve, en cambio, hacia sus compañeros. El grupo de
compañeros, el cual tiene muchas formas y manifestaciones, proporciona al adolescente una identidad grupal la cual le conduce hacia
la edad adulta. Con todo, el adolescente necesita confrontar una figura de
autoridad significativa, en el contraste con la cual puede movilizarse y ganar
un sentido de independencia. De cualquier modo, esto no puede hacerse en
solitario. Una terapia de grupo con compañeros proporciona el soporte emocional
necesario, capaz de hacer surgir estos procesos, a diferencia del tratamiento
individual, en el que los riesgos de reclamar atención del terapeuta son mucho
mayores. Por consiguiente, el grupo de compañeros, como espacio en el que
tienen lugar de un modo natural los fenómenos sociales, es donde el adolescente
se separa y adquiere una conciencia de identidad, y es también el medio
terapéutico en el cual clínicamente, puede lograrse cada tarea de desarrollo
mental. Como Azima y Richmond reconocen, en su prefacio a “Adolescent Group
Psychotherapy”, (1989):
El grupo de
compañeros es el lugar de desarrollo mental natural en el cual el adolescente
manifiesta su esfuerzo por su independencia, la separación de identidad, y un
modelo transicional para la edad adulta.
Psicoterapia de
grupos con adolescentes y delincuencia
Quiero destacar que
el tratamiento de la delincuencia ha sido el más importante enfoque en el
desarrollo de la teoría y práctica de la psicoterapia de grupo. Posiblemente
sea porque el delincuente presenta, con tales extremos, a menudo violentas,
destructivas y amenazantes formas de resistencia. La extensión de tipos de
distintos tratamientos, desde el más analítico, utilizando el inconsciente y
las interacciones emocionales del grupo, a través de formas que utilizan un
activo y / o medio expresivo, como la música, la danza, el movimiento, el arte
y el drama, confiando más en la catarsis y su autoexpresión como herramientas
terapéuticas, pasando por otras aproximaciones más conductistas, que utilizan
recursos tales como contratos, premios, castigos y medios estructurales para
efectuar cambios psicológicos. Puede ser imposible e inapropiado en un contexto
como éste, evaluar la efectividad de cada uno, y así mismo quiero,
primeramente, poner mis propios límites en un breve grupo de definiciones de
formas de delincuencia, en segundo lugar, hacer un resumen de posibles metas de
tratamientos para algunas intervenciones terapéuticas con adolescentes, y
finalmente, unos medios de conceptualizar el campo total de tratamiento en
términos de un continuum permisivo / directivo.
Shulman (1957) esboza
cuatro categorías de “conducta antisocial” en delincuencia:
1) delincuencia asociada con retraso intelectual
o patologías cerebrales orgánicas;
2) delincuencia asociada con psicosis
incipientes o precoces;
3) delincuencia expresada primariamente como
conflictos neuróticos (conflictos internalizados) Cramer Azima y Richmond,
p145.
Los dos últimos han
recibido más atención, en especial el último, referido a lo que Winnicott llama
“tendencia antisocial” para quienes el momento es importantísimo. Desde que el
adolescente impulsivo fracasa en planificar más allá y es llevado por la
supremacía de los sentimientos, la conducta de él o de ella es a menudo
temeraria, inconsistente y frecuentemente dramática. La acción es considerada
mágica y por lo tanto una solución a su incomodidad. Hay, de hecho, una
patología del pensamiento. Esto origina el problema central de cómo puede
contenerse este comportamiento en los muchos y limitados objetivos terapéuticos
que conseguir.
Didato (1974) nos
proporciona una medición del problema a través de su relativamente modesto
grupo de cuatro objetivos terapéuticos para grupos de adolescentes:
1) Incrementar la capacidad de experimentar
afectos poderosos (positivos y negativos, a través de exteriorizarlos);
2) Incrementar la capacidad de empatía;
3) Fortalecer la identificación con el terapeuta;
4) Alentar nuevos patrones de comportamiento
para ayudar al grupo a resolver conflictos intergrupales a través de medios
verbales no – físicos.
Cramer Azima and Richmond, p155.
Que clase de
disposición puede realizar mejor estos objetivos y encontrar las necesidades
del adolescente “antisocial”, las cuales serían, según Winnicott,
movilizar el ambiente
inmediato en un esfuerzo para alertar del peligro y organizar el daño tolerado.
Citado por Tina
Lucas, Grupo Análisis, 1998 Vol. 21
El delincuente neurótico,
sin embargo, puede aparecer como más conveniente para la terapia de grupo.
Capaz de internalizar conflictos, su comportamiento antisocial es un intento de
resolver sus conflictos en el mundo exterior, de las experiencias neuróticas de
ansiedad y culpa, relativamente significantes, y de las cálidas relaciones
interpersonales. Slavson considera estas últimas características como una
necesidad para el tratamiento de grupo, en particular la capacidad de tener
afecto a través de experiencias interpersonales y, claro está, el “hambre
social” o deseo que para ellos se encuentra en primer lugar.
Las formas neuróticas
y antisociales de delincuencia, en un sentido, dan forma a la psicoterapia de
grupo con adolescentes, como puede verse en la línea de modelos de tratamiento.
Quiero sugerir tres posibles medios útiles de conceptualizar este grupo:
1) Utilizar una aproximación directiva /
permisiva;
2) utilizar una aproximación de actividad /
hablar;
3) utilizar una aproximación educativa /
terapéutica
Me centraré en el
primero de ellos, aunque no obstante, en el caso del último es importante
destacar que la mayoría de nosotros gastamos nuestra adolescencia en grupos,
generalmente grandes, en escuelas. Además, me asombraba que el buen maestro es
esencialmente terapéutico, en el sentido de que se ocupa más del individuo que
de lo intelectual y, al mismo tiempo, reconoce las trascendentes
transformaciones que experimentan todos y cada uno mientras están en la
escuela, y ayuda realmente facilitando y encauzando el cambio. Este no es
siempre el caso dentro del detrimento del sistema educativo, y creo que las
escuelas pueden facilitar el aprendizaje a partir del mundo de la terapia, en
particular observando más estrechamente como responden ellos al comportamiento y
al cuidado de los problemas entre alumnos y la supervisión, conteniendo a los
faltos de afecto, desilusionados, necesitados y a menudo emocionalmente dañados
maestros.
John Evans (1965), un
psicoterapeuta grupo-analítico escribió:
A veces los
adolescentes, especialmente delincuentes, se comportan de tal modo que el
terapeuta tiene que escoger entre limitar su comportamiento, abandonar un
trabajo grupal o considerarlos como inapropiados para el tratamiento.
Cramer Azima and Richmond, p152.
Esto, personalmente,
me llevó directamente al corazón de los problemas que plantea el trabajo con
adolescentes con trastornos. Cómo de permisivo puedo y debo ser y hasta que
punto está limitado el comportamiento, reprimido y siempre castigado, porque,
presumiblemente, en algún momento, dentro del grupo, un miembro del grupo, el
terapeuta o la terapia, pueden correr un riesgo innecesario. Se puede
argumentar que éste es esencialmente un problema relativo al criterio de
inclusión / exclusión y que tiene que ver con la conveniencia del tratamiento.
Por ejemplo, Slavson argumenta que los delincuentes con “estructura de
personalidad psicopática” son inapropiados para la “actividad de terapia
grupal”, a causa de que,
La mejora se consigue
por medio de la relación con el terapeuta y los miembros del grupo y a través
de experimentar realmente en un clima grupal permisivo y aceptador.
Cramer Azima and Richmond, p147.
Slavson prefiere al
neurótico con “hambre social”, capaz de confrontar él o ella misma y otros, a
través del acompañamiento, viendo de que modo el paciente puede conceder la
libertad de actuar, dentro de los límites de las demandas de su propio superego
y de los recursos del ego. Este ejemplo es típico de las aproximaciones
esencialmente permisivas, en las cuales el énfasis se sitúa en la libertad de
expresión y el desarrollo de un ambiente de aceptación y de soporte. Los límites
del setting son considerados una tarea del grupo, en la cual se potencia la
capacidad de funcionar como una unidad de auto-mantenimiento. El rol del
terapeuta en tales grupos es esencialmente el de un soporte.
Tina Lucas,
psicoterapeuta grupoanalítica, esboza una psicoterapia de grupo, la cual
describe como un seguro y “contenedor ambiente” (“holding environment”) donde,
casi paradójicamente, los límites y la seguridad del grupo son mantenidos a
través del terapeuta, que nutre una atmósfera permisiva, para conservar una
actitud analítica y una aceptación y tolerancia sin enjuiciamientos de todo lo
que venga, sin recurrir a represalias o castigos. Sin embargo, después, para
capacitar todo ello, prosigue planteando que hay momentos en los que el
terapeuta debe ser muy capaz de tomar el control y de poner límites:
El excesivo
acting–out puede ser prevenido muchas veces y ser necesario tomar el control
tanto verbalmente como sacando a un niño de la habitación si la disrupción es
demasiado grande para el grupo y cuando el niño no puede auto controlarse.
En cuanto al hecho de
ser permisivo, no queremos que se interprete como un “no hacer nada”, sino ver
que se trata más bien de una actitud benevolente, la cual no busca el castigo o
el rechazo, prescindiendo de la presión a la que los miembros del grupo hayan
puesto al terapeuta. Esto plantea entonces la importante cuestión de cómo el
terapeuta es capaz de saber cuando él o ella actúan benévola o malévolamente.
Esto, de vuelta, me conduce a la conclusión de que el grado en el que puede ser
permisivo un terapeuta grupal de adolescentes delincuentes, está en función de
la capacidad del terapeuta de resistir a lo que ocurra, sin recurrir a medidas
vengativas y punitivas. Esto también hace emerger la salida de la necesidad del
terapeuta de “contener”, una salida a la
cual quiero volver cuando trate de los riesgos de trabajar con esta particular
edad-grupo. La aproximación permisiva, por consiguiente, puede aparecer como la
que mejor se ajusta al adulto neurótico con unos controles relativamente
buenos, más que con la impulsiva y relativamente infantil “tendencia
antisocial”, para la cual se está a favor de una aproximación de límite-setting
más directiva. Así mismo, una aproximación demasiado controladora puede tender
a infantilizar, alimentando la dependencia, y en cambio una aproximación
demasiado permisiva puede tender a perpetuar y coludir con el acting-out de
fantasías omnipotentes.
En términos de
aproximaciones más directivas, hay diversos factores que se nos presentan como
de vital importancia:
·
Lo apropiado de los límites / fronteras / normas;
·
su claridad en todo lo operante dentro del setting terapéutico;
·
el grado en el cual tenemos que consentir;
·
las consecuencias de transgredir el límite; y
·
el grado de consistencia e imparcialidad en hacerlos cumplir.
El proceso de
encuadrar los límites para poder dominar el impulso adolescente, puede tomar
diversas formas. Los contratos, tanto de naturaleza general como ajustados
individualmente, firmados y conformados por tantas partes interesadas como sea
posible, pueden servir como un buen punto de partida. El contrato puede
vincular una cantidad realista de objetivos del setting, y a él podemos
remitirnos y revisarlo más adelante durante el tratamiento, cuando sea
necesario. La confrontación es la forma de límite-setting utilizada comúnmente
durante el curso del tratamiento. Rachman y Rauboult (1983) identifican diversas
formas de confrontación apropiadas en los grupos de psicoterapia con
adolescentes:
1. Confrontación gradual. El desafío en curso
del individuo por el grupo o el líder. No es una situación de emergencia o que
necesite cambios inmediatos.
2. Confrontación intensiva – persistente
“presión terapéutica” que es aplicada a un individuo o grupo que muestra el
comportamiento delincuente impulsivo.
3. “ Sesión de enfrentamiento” – situación de
emergencia en la que es necesaria una acción inmediata y dramática. Se persigue
una abrir una brecha.
Las aproximaciones
directivas pueden, sin embargo, envolver al terapeuta en un rol mucho más
activo y confrontacional, en un intento de entrar y provocar cambios dentro del
tipo de adolescente relativamente menos permeable. La necesidad del terapeuta
de ser empático y de ser aceptado no es por ello menos urgente y, en algún
sentido, posiblemente lo es más, dadas las negativas y amargas atmósferas que
pueden generarse por un intenso acting-out.
Quiero finalizar esta
sección con un clarificador comentario de Arthur Hyatt Williams, un
Psicoanalista Tavistock,
La necesidad real de
la parte infantil del adolescente puede ser la de los límites y fronteras, y
ésta es tal vez más urgente incluso que la necesidad de libertad e independencia, la cual es fruto
de la parte más adulta del adolescente.
Problemas de
fronteras
La sociedad y los
individuos generalmente intentan evitar las posiciones extremas, mientras que
los adolescentes parecen perseguirlas.
Marlyn J. Miller, Adolescence and
Authority (1975)
La adolescencia
cabalga entre la frontera que separa la infancia de la edad adulta y es, de
acuerdo con Harold Berh, un “estado fronterizo” en el cual se adoptan las
posiciones extremas con el fin de experimentar y probar límites. Esto es,
naturalmente, de particular interés en el grupo psicoterapéutico.
Cuando los
adolescentes se reúnen en grupos, los límites del grupo se encuentran bajo un
inmediato escrutinio y ataque. Este ataque a los límites puede ser más o menos
gradual, imprevisto o dramático, pero casi siempre, es algo que ocurre y que se
repite. (Harold Behr)
Behr distingue cinco
tipos de “temas concernientes a los límites del grupo”.
1. “Droping-In” y
“Droping-Out” (Entradas y salidas). Manifestaciones como: constantes entradas y
salidas de la habitación; “necesito ir al baño”; llegar tarde; irse antes de
tiempo – había sentido a veces una inmensa presión como profesor al acabar una
sesión antes de tiempo; muchas llegadas antes de la hora – este es un problema muy
común cuando trabajo, el cual plantea inmensos problemas de manejo, mucho más
que el llegar tarde; ser reacios a marcharse; y asistencias esporádicas.
2. Traer partes del mundo exterior dentro del
grupo. El “objeto transicional” , puede ser animado –una mascota, una sobrina,
un amigo- o inanimado –un “equipo de sonido”, una navaja- los cuales aparecen
como algo con lo que los jóvenes establecen un inseparable vínculo. Un chico de
16 años con el que trabajé, llegó a estar particularmente apegado a una vieja
silla de ruedas que encontró en una tienda del centro, y mostraba con especial
satisfacción como se había vuelto un experto en usarla, haciendo acrobacias.
3. La frontera entre hablar y actuar. Este es un
problema particular, dada la tendencia del adolescente a actuar algo, mucho más
que a hablar de ello. Muchos profesionales abogan por una mayor acción o drama
basados en la clase de grupo de que se trate, por ejemplo, psicodrama,
sociodrama y drama grupo-analítico, siendo un modo de trabajar con esta tendencia
que siempre trabaja en contra. Violaciones del espacio corporal, tales como dar
patadas, puñetazos, golpear, tentar, dar abrazos sin que se hayan pedido, son
acciones a las cuales necesitan dirigirse en algún momento.
4. Probar los límites del terapeuta. Esto puede
suponer “ruidosas, bruscas y desconcertantes” interrogaciones con respecto a la
situación marital y familiar, sexualidad, vida sexual, opiniones, políticas,
motivaciones, por ejemplo, “¿Te importa realmente?”. Behr defiende una
aproximación más auto reveladora pero nunca más allá de “los límites de la
comodidad personal” intensificando el factor de modelaje tan vital en la
búsqueda de identidad del adolescente.
5. Importunar (fastidiar) como un fenómeno de
límites. Importunar a los demás, de acuerdo con Behr, es “una comunicación
exquisitamente ambivalente”, llevando el juego hacia una mayor intimidad o
empujando a alguien al alejamiento, y es de tal manera, que los límites entre
distintas emociones, sentimientos y transferencias, son mucho más cercanos.
Esto puede ser benigno, lúdico, afectuoso y afable, o puede resultar vil,
agresivo y sádico.
El trabajo con los
límites es en un sentido, por tanto, la esencia del trabajo con adolescentes y
por mi experiencia, esto a menudo puede ocasionar una gran cantidad de
incertidumbre, en la cual uno tiene frecuentemente la sensación de estar en el
extremo de algo, cerca de una completa ruptura, aunque nunca se logre.
Fuentes de dificultad
Creo que cuando uno
se embarca en el trabajo con grupos de adolescentes, resulta bastante parecido
a encontrarse una mismo como habiendo sido arrojado dentro de la jungla.
Terry Bruce (1978)
Habíamos visto que
estar en un grupo puede ser más fácil para el adolescente, y que en general es
considerado el modo de tratamiento más apropiado. Sin embargo, para el
terapeuta puede resultar mucho más absorbente y dificultoso el trabajo en grupo
que en otros. Terry Bruce identifica tres fuentes de dificultad, social,
cognitiva y emocional, particulares del trabajo en grupo con adolescentes.
La fuente social de
dificultad se refiere al fenómeno cultural de las bandas de adolescentes, las
cuales proporcionan un sentido de “identidad colectiva” a la gente joven, que
por otra parte empobrece la vida emocional e intelectual. Lo esencial acerca de
las bandas es que se convierten en un medio de excluir y dejar fuera a los
adultos, y como Bruce observa:
es algo muy común
para un terapeuta sentir que realmente no tiene nada en absoluto que ofrecer a
los jóvenes.
Y como culturalmente
la banda connota violencia, a veces uno siente que cuando los jóvenes forman
parte de una banda uno se siente más amenazado,
bajo ataque y en medio de la violencia.
La fuente de
dificultad intelectual o cognitiva se refiere a la postura del niño egocéntrico
para el cual las representaciones simbólicas de objetos son realmente los
objetos y para el cual éstos dejan de existir cuando no están a su alrededor.
La capacidad de abstracción y conceptualización sólo se desarrolla más tarde
durante la adolescencia. El adolescente “antisocial”, en particular el
delincuente regresivo y narcisista, combinando todo ello, puede llevarlo al
presente en batallas fraternales, es esencialmente egocéntrico y experimenta la
dificultad de reconocer la existencia o validez de los pensamientos y
sentimientos de otros, y como consecuencia tiene un problema, obteniendo una
visión relativamente objetiva de sus propios procesos mentales. Las
interpretaciones del grupo como un todo íntegro remarcan así el llegar a tener
algún sentido o efecto.
Finalmente, la fuente
emocional de dificultades se refiere a la tarea del desarrollo mental en cuanto
a dejar el hogar y la necesidad, según Winnicott, de tomar el lugar de los
padres. Winnicott da a entender que en términos del inconsciente, no hablamos
tanto de la retirada de la libido de los objetos parentales como de su actual
destrucción. Winnicott quería decir que en el inconsciente esto es un
equivalente al asesinato. La conciencia de amenaza latente, violencia y temor a
la que me había referido a lo largo de este ensayo, de algún modo ahora tiene
sentido, como los pensamientos y sentimientos homicidas que había tenido como
conductor de grupos de adolescentes. Uno tiene que estar preparado para que le
proyecten emociones muy extremas. Paradójicamente, sin embargo, el adolescente
necesita tener adultos alrededor, para reemplazar, inconscientemente, ataque y
asesinato, los cuales serán importantísimos en el hecho de sobrevivir. Bruce,
no obstante, hace resonar una útil advertencia al observar que, “cualquier
capacidad de la persona alcanza al grupo” y que hay momentos en los que,
impulsivamente, el joven agresivo quiere tener éxito en arruinar o destruir lo
que se les ofrece.
Los riesgos para el
terapeuta
Todo lo que el
adolescente haga al conductor y todo lo que el conductor haga al adolescente,
juntos, separados fuera y siempre tan unidos que normalmente esto mismo se
presenta como un problema o a veces surge una crisis como una situación muy
confusa.
Arthur Hyatt Williams.
Entro en esta parte
del tema como profesor, demasiado dolorosamente consciente de los escollos del
trabajo con jóvenes con dificultades, abusos, daños, etc., habiendo entrado en
interacciones que provocan una cierta espiral descendente sintiendo que
inevitablemente hay un solo resultado. Los profesores están particularmente
expuestos a los peligros en el trabajo con adolescentes. Ellos trabajan en
grandes grupos con un enorme número de jóvenes, con poco espacio en su trabajo
para reflexionar abierta y honestamente. La naturaleza de las comunicaciones
inconscientes entre maestro y alumno pueden ser extraordinariamente nocivas,
con maestros derrumbándose o dejando su profesión y alumnos que son expulsados
por maestros vengadores y punitivos. La gente con mayor riesgo, según Arthur
Hyatt Williams, son los “héroes y heroínas”, los que se preocupan excesivamente
y tiene problemas personales, teniendo ellos mismos poca o ninguna terapia, y
que al mismo tiempo llevan muy lejos su entusiasmo sin recurrir a ayuda. Él
registra diversos posibles resultados en el contexto de la terapia:
1. una negación simple, conduciendo a una
contra-negación y rompiendo el tratamiento, o una crisis;
2. ansiedad, depresión, persecución en el
terapeuta, el cual puede acabar actuando externamente sus propios problemas
internos;
3. una aproximación más punitiva y autoritaria;
4. el terapeuta se descarga en el paciente.
Invariablemente,
el trabajar con adolescentes
delincuentes conlleva una gran presión, descubriendo en ti la adopción de roles
absolutamente específicos. El adolescente
más delincuente pone la mayor de las presiones en el terapeuta al
repetir los patrones de abuso, absolutamente familiares, de los jóvenes. El
peligro del terapeuta es quedar atrapado en la seducción dentro de una
situación comprometida, un protagonismo violento, o una relación cargada de
sexualidad, la cual no tan sólo destruye el proceso terapéutico, sino que pone
en riesgo su carrera profesional. En el
trabajo en educación, trabajo social, cuidados residenciales y terapia,
abundan historias de este tipo.
Quisiera concluir,
finalmente, diciendo que la tarea de desenredar el propio material de uno mismo
del material del cliente, es un trabajo fundamental para cualquier terapeuta,
el cual evita riesgos para ambos.
Comentarios para
concluir
El grupo se considera
generalmente el medio terapéutico más apropiado para el adolescente. El balance
entre libertad y restricción es una cuestión crítica cuando en los grupos se
trata con traumas y crisis de los adolescentes. Los adolescentes necesitan
suficiente libertad para explorar y encontrar ellos mismos y suficiente
limitación de sus impulsos. Este balance está en gran parte en función del
grado de regresión y delincuencia y de capacidad de resistencia del terapeuta
ante lo que ocurra. Demasiada libertad o demasiada restricción pueden aparecer
como síntomas de una insana alianza terapéutica, la cual puede que no tenga en
cuenta las necesidades de los jóvenes y expone al terapeuta a diversos riesgos
insospechados.
Algunas reflexiones
Escribiendo este
artículo he tenido una experiencia particularmente afirmativa, en la que, gran
parte de la literatura que he encontrado y utilizado, se centra en aspectos del
trabajo con adolescentes, aspectos que yo había tratado de comprender siendo maestro
y aspectos del trabajo como terapeuta que había tratado de comprender en el
trabajo con adultos. De este modo el artículo me ha ayudado mucho a clarificar
y, aún cuando no haya hecho referencia a ello, me ha vuelto a traer muchos de
los ricos, turbulentos y traumáticos momentos tan entrelazados con mi reciente
vida profesional.
BIBLIOGRAPHY
Behr, Harold (1988). ‘Group Analysis with Early Adolescents: Some
Clinical Issues.’ Group Analysis,
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Peter Zelaskowski
peterzelaskowski@groupworks.info